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La ciudad de les exiliades

Fotografía: Homenaje a James Joyce, Triste, Italia.

De Venecia se toma un tren y se llega a Trieste en un par de horas, según la escritora Jan Morris en una encuesta hecha hace unos años, les italianes no sabían que esta ciudad era italiana – Morris es una escritora británica quien sometió a una operación de reasignación de sexo, su nombre inicial era James, ella escribió el bello libro «Trieste o el sentido de ninguna parte». Fácilmente Trieste puede pasar desapercibida del mapa. Al ver en la estación de tren de Venecia el nombre de Trieste se me iluminó el rostro y animé a F a ir a visitarla, además entre las razones estaba que es la tierra del escritor y traductor Claudio Magris quien escribió ese gran ensayo fluvial «Danubio», y también porque quien estuvo de paso por allí fue James Joyce, allí pergeñó las primeras páginas de esa monumental obra que es «Ulises»; no olvidar que es la tierra natal del escritor Italo Svevo, hay un interesante documental sobre él en una de las plataformas de películas. El libro sobre Trieste de Morris está llena de coloridas anécdotas literarias como que Stendhal estuvo menos de una semana en la ciudad o que Joyce el primer día en la ciudad terminó en la comisaría por irse de copas  y dejó a su mujer esperando en la estación de tren, además el libro es un alegato a esta ciudad melancólica que para muchos es una ciudad mangle porque saborea de muchas aguas a la vez. Tiene un pasado croata, austriaco, alemán, yugoeslavo, italiano y sigo. Tuvo una época de esplendor cuando fue un puerto clave en el mar Adriático, pero después a perder importancia estratégica en el comercio vino el declive –me recordaba mucho al viejo fondeadero de Isla Grande que de la gloria ha pasado a su ocaso. Es una ciudad discreta con una arquitectura variada. Recuerdo que nos encaminamos al puerto y allí sufrimos en carne propia los vientos que te levantan en peso (su nombre en croata es bura), tienes una sensación de vacío y por la fuerza pueden arrojarte al mar, en verdad, fuimos unos despistados viajeros. En una de sus calles llena de cafeterías me topé con la estatua erigida a James Joyce, quien decía de Trieste  que se alimentaba con «el manjar del escepticismo». Según Morris, es una ciudad de exiliades, una poderosa razón más para estar allí.

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