Biografiar

Foto: Encarna Murayari Tihuay
Una de las entradas a la escritura es la biografía. Es todo un arte sí lo haces bien. A propósito, en la floresta la biografía es un género no muy desarrollado, somos de sota, caballo y rey. Hubiera que explorar otros registros, quien se ha atrevido a hacerlo es Percy Vílchez con «Pordiosero de la fortuna» sobre la vida de Julio César Arana; sobre el mismo personaje el texto del escritor argentino Ovidio Lagos. No hay muchos. Si, y paramos de contar –al biografiar no se trata de loar (con kilos de azúcar) las virtudes del personaje, se hace así una caricatura empalagosa e ilegible. El crítico Jordi Gracia dice al escribir sobre Cervantes, que en la biografía hay sus cuotas de ficción, razón no le falta. Hay que saber dosificar los ingredientes.
Suelto este rollo porque acabo de terminar de leer «Montaigne» pergeñado por Stefan Zweig, un austriaco europeísta –tiene ensayos lúcidos para entender la idea de Europa y sus luchas contra el fascismo que cada día se arraiga más en el viejo continente, dando una patada al humanismo de tantos pensadores de esta parte del mapa. Zweig es conocido por pergeñar sobre la vida de personajes históricos con ponderación. La biografía de Montaigne –quien escribió esos memorables «Ensayos»– me la obsequió mi amigo Armando Guevara Gil por su paso por Madrid y en la feria del libro –con aguacero sobre nosotros, después de una larga caminata de seis horas hablando sobre Perú que cada día se desdibuja más en manos de la corrupción, de los repartos de las instituciones y la mediocridad en los puestos del poder para modelar a un país a imagen de personajes siniestros. Gran regalo de Armando.
Leer la vida de este pensador francés ha sido un deleite que atizó mi memoria de las calles empedradas de Burdeos, él estudió en esta ciudad, seguro que callejeaba por ellas.