Fabula infantil

Imagen: Cementerio judío de Praga
El colegio estaba cerca de casa –a menos de una cuadra, al cual acudía con pantalones cortos y de alumno libre, pero con ciertas obligaciones, como el de asistir por las mañanas a clases, las tareas no sé si las llegaba a completar. Le pregunté a mi madre las razones por la que me enviaron a esa escuela, pero no me dio ninguna respuesta que me valiera. La profesora de grado inicial pertenecía a las familias sefarditas de Tánger que desembarcaron en la Amazonía a principios del siglo XX por el caucho, era Dora Toledano, iba a casa para platicar con mamá. Ella me hacía pronunciar mi nombre y apellido, mi madre me comentaba que los alteraba al pronunciarlos y la profesora insistía con tesón que debía vocalizarlos bien y sin yerros. Apenas tengo memoria del alumnado, sí, tengo un recuerdo que me hizo entrar abruptamente por la puerta de lo cotidiano. Ella era una muchacha delgada, de piel muy blanca, casi transparente que se podían ver sus huesos. Cuando caminaba parecía levitar. De oscuros ojos almendrados, de cabello muy negro. De nombre Marilyn. En el patio a la hora del recreo era discreta y silente. Un día de lluvia al pasar la lista, Marilyn no dijo presente y todos miramos su carpeta vacía. Nos extrañó porque ella vivía al frente del colegio en una casa de madera y la pared pintada de color marrón que colindaba con la huerta de mi tío Pedro Seabra, a la que me iba después del cole para subir a los árboles y coger guayaba. Al acampar el aguacero vino su padre con el rostro apesadumbrado y hombros caídos, habló con la maestra y le dio la desafortunada noticia que su hija había fallecido. Estupor. Miedo, incertidumbre en el aula. Cara de turbación de la profesora que de rondón suspendió la clase. Para mí era una de las primeras noticias de la muerte que me llegaba de cerca –mi madre comentaba que tartamudeaba al llegar a casa, me era difícil digerir el momento: los lloros de la madre, de los familiares, de los amigos. Gritos de dolor y amargura. El morbo infantil, como no, nos llevó a la casa de Marilyn. Allí estaba ella. Dormía en el viaje a la eternidad sobre un plástico verde, con velas y rodeada de monedas, dos de ellas sobre sus ojos. El suelo de la casa era de tierra. Me embargó con desasosiego la imagen de la muerte a través de esta muchacha. Lo más imborrable fue ver a su padre con las lágrimas en los ojos de impotencia serruchando la madera, dando fuertes martillazos y clavando el ataúd de su hija.