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La herida que llora

Fotografía: El ojo que llora, Lima, Perú.

Los quejidos de los desheredados en la floresta todavía gimen. La herida del caucho de principios del siglo XX no se ha cerrado, supura. Pero ¿Hemos aprendido de lo ocurrido de las muertes de indígenas en el Putumayo y de otros lugares? Poco o casi nada. De lo que pasó en el Putumayo y otras cuencas hemos debido como Estado establecer garantías para que lo ocurrido con esas muertes no se vuelva a repetir; se ha debido implementar políticas a favor de esta y otras poblaciones vulnerables, pero desgraciadamente, hemos hecho lo contrario como República, les hemos dado la espalda ¿lo que sucedió en el Putumayo y otros lados en la Amazonía podía ocurrir de nuevo? Desafortunadamente, ha vuelto a ocurrir. Fue durante la guerra civil de los ochenta y noventa. Uno de los comisionados de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) llegó a decir que la tragedia tomaba las dimensiones de un holocausto –aplicaron la misma lógica asesina que los jemeres rojos en Camboya. Sí, volvió a ocurrir en la selva central de Perú. La CVR recogió testimonios desgarradores de las víctimas, los integrantes del pueblo asháninka, de parte de los victimarios de Sendero Luminoso. La CVR llega a sostener que dada la brutalidad e inhumanidad ejercidas haya indicios de genocidio y recomiendan las investigaciones judiciales pertinentes para calificarlo como señalan las normas nacionales y del derecho internacional de derechos humanos ¿Qué hicimos como nación ante esas muertes de niños y niñas, mujeres y hombres en la Selva Central? Como en el Putumayo, mirar para otro lado o levantar los hombros como diciendo el problema no es mío ¿Acaso será parte de esas violencias fundacionales que nos menciona la historiadora Cecilia Méndez? El silenciamiento de lo sucedido en la Selva Central tampoco no nos beneficia como floresta, nos avergüenza.

Otro sí: Felicitar a la radio La Voz de la Selva por sus 54 años de vida institucional.

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