Hoteles y hoteles

Fotografía: orillas del río Po, Turín.
Los hoteles son un lugar para el descanso de quienes viajan, el cuerpo lo agradece, es más, lo necesita. La oferta de hospedaje es masiva, muchos hoteles de diferentes calidades y precios, nunca he estado en los hoteles de lujo, tampoco pienso estarlo, me da repelús el boato superfluo. El lujo no puede condicionar una buena estancia pasajera, lo que se exige, mínimamente, es una buena cama y un buen baño, que podría ser un baremo de la calidad de estos hoteles.
Hablando de hoteles, pudiera hacer un grueso y rápido inventario de los que he visitado, el cuerpo lo pedía. Desde un hospedaje en Santa Rita de Castilla, por el río Marañón (los baños eran de pena, espero que hayan mejorado) a uno de Tabatinga, en las tres fronteras de Perú, Brasil y Colombia, que cuando habrías la puerta un enorme pelotón de mosquitos entraba a la habitación en busca de sangre y las paredes del baño estaban decoradas con murales eróticos. Y porque no, uno de Lokossa, en Benín, África, con lo básico que me recordaba al austero hospedaje de Santa Rita de Castilla, dormíamos bajo la protección de un mosquitero y repelente. Cada hotel salpimienta el viaje.
A veces, le pasa a cualquiera que viaja, te despiertas y, por unos segundos, no sabes dónde estás. Lo que tiene de bueno el viaje, es que «descentra», te desestabiliza. En un viaje por el sur de Francia, con el propósito de llegar a la tumba de Antonio Machado en Colliure, por las diferentes ciudades pasamos con F por seis hoteles en siete días, con diferentes matices de comodidades, unos buenos, regulares y otros peores. En unos incluyen desayuno, en otros no. Hay recepcionistas amables, otros déspotas, unos más serios que saben hacer su trabajo. Los trotamundos parecen no ser bien acogidos en algunos hoteles. Sí, los hoteles esconden un mundo literario.
Ay, los hoteles.