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Dietario contra el olvido

Imagen: El huerto de Melita, Amazonas, Brasil

Desde un lugar de la floresta, mi hermana me envía un vídeo, está mi madre preparando juanes, se antojó por estos días preparar este potaje que no preparaba en lustros. Está enfundada con un gorro transparente blanco que parece una médica en el quirófano y muy concentrada en la labor, no hace caso a la cámara. Luce un delantal  rosado que dice Perú con un dibujo que evoca las líneas de Nazca. Tiene en la mesa todos los ingredientes a la mano: arroz, huevo, pollo, aceitunas y las hojas de bijau. Mi madre está a punto de cumplir 86 años, aunque la memoria se le ha puesto escurridiza. Durante la semana converso con ella con el ánimo de ejercitar los recuerdos y el presente porque del futuro no se siente muy animada. Con estas pláticas estamos borroneando unos folios al alimón, anoto las remembranzas que cuenta y después le leo, me manda a corregir detalles –es extremadamente perfeccionista y gran lectora de libros. Como parte de esa gimnasia para apaciguar el deterioro cognitivo le propongo que me diga los ingredientes del juane en portugués, hace un mohín de fastidio y resopla, pero termina hablando en la lengua de Camoens. En esas conversaciones vamos hilando estampas de su infancia ribereña, sus estudios en la ciudad, de la jugadora de baloncesto que fue, el peregrinaje por la costa peruana por el trabajo de mi padre,  las estrecheces económicas por la que pasó, la vejez –no la lleva bien y se queja de los achaques. En las mañanas y por las tardes, por sugerencia de mi hermana, tiene clases de gimnasia y fisioterapia que ha mejorado, y mucho, su estabilidad. Con ella sin pensarlo, bosquejo y pespunteo un dietario contra el olvido que seremos.

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