Crónicas manauaras (3)

Fotografía: río Negro, Amazonas, Brasil
Cada rentrée a Brasil es tentar descifrar a un país gigante de grandes aspiraciones, y cuesta. Lo que se percibe es una energía vital de sus gentes, se puede ver como protestaban en la COP 30 los integrantes de pueblos indígenas, al lado, de las poblaciones ribereñas y quilombolas (poblaciones negras que huían de los negreros a lugares seguros) por sus territorios. Es interesante que el movimiento social da floresta haya incorporado en la defensa de esta a otras poblaciones, no sólo a indígenas, el bosque necesita de alianzas para su protección; en Perú sería la gran franja de población ribereña que están invisibilizados por propios y extraños -¿será pereza de miras de no incorporar a esta población? El defensor ambientalista brasileño, muerto con balas asesinas, Chico Mendes, pertenecía a la población no indígena y luchaba por los bosques.
Mi sensación de estar en suelo brasileño es que la Amazonía está hecha para desbrozar, pesa mucho el mito del espacio vacío y la urgencia de un país que se ha puesto, entre ceja y ceja, crecer a toda costa; el puente sobre el río Negro, en Manaos, «Jornalista Phelippe Daou», es un modelo de este crecimiento de abrir la floresta. Hay grandes proyectos de carreteras, presas, industrias, que en su andadura desdeñan los aspectos sociales y ambientales. Uno de los tantos ejemplos del patrón de este desarrollo, es la concesión de exploración en el estuario del río Amazonas en plena cumbre del COP 30, lo hace un gobierno progresista. La hidroeléctrica de Balvinas, cerca donde vive mi hermana, ha traído serios y dolorosos problemas de tierras a los Waimiri Atroari. El llamado progreso no es un camino fácil, la trágica sentencia que detrás de toda señal de progreso, hay huellas de barbarie, queda firme.
Una de las enseñanzas de este viaje ha sido la de visibilizar a otras poblaciones, como las ribereñas, que viven y mueren en la floresta con sus sueños y pesadillas, una rama de la familia de mi padre, era una de ellas.