Crónicas manauaras (2)


Fotografías: Ponto de Cultura Zé Amador y Antonio Amador, Amazonas, Brasil
Volvíamos a Manaos y a Presidente Figueiredo después de casi quince años y ha sufrido una gran transformación. Se observa mucha migración, mi hermana compra el pan integral en una padería, cuyo dueño viene del sertón, por ejemplo, del norte este del país. En Presidente Figueiredo, hay supermercados, una farmacia donde comparte espacio con una tienda con electrodomésticos y decoración. Muchas igrejas de todos los credos cristianos. Hay una biblioteca que cuando pasamos y durante nuestra estancia estaba cerrada y, dicen, en reforma. En la televisión brasileña prima ese excelso optimismo brasileño que al viajero le parece admirable –en Perú la tele navega en kilos de grisura y pesimismo, y en España por la interesada crispación política. Las telenovelas brasileñas están fuertemente apostando a la reivindicación de la población afrobrasileña y se agarra de los tópicos en los melodramas, me parece que ha perdido frescura de los primeros años que nos hipnotizaban, mi padre era muy fan de ellas; cuentan la anécdota que Fidel Castro paralizaba la isla para ver «Isaura a escrava», telenovela de gran éxito.
La carretera que atraviesa el pueblo es muy transitada por grandes camiones de carga, es un trasiego vehicular que nunca descansa. En uno de los cruces de caminos está o Ponto da cultura Zé Amador, gestionado por Antonio Amador –el nombre es un homenaje al padre de Antonio, está llena de grafitis y de una biblioteca atiborrada de libros. Además, tiene un espacio para las plantas de exposición y venta, a cargo de la mujer de Antonio. Es muy curioso, el proyecto cultural de Antonio de promoción de la lectura, de animación cultural, de cine clubs, cuenta con poco apoyo oficial, aunque desborda de inquietud y entusiasmo, y del apoyo de donaciones de amigos y conocidos. Antonio parece un Quijote enfundando su adarva contra los molinos de viento en este rincón de la floresta. Lo interesante, es que un espacio que era frecuentado por consumidores de drogas y gente del mal vivir, sea un espacio que haya apostado por la cultura. Se ha recuperado para la ciudadanía.
En ese espacio de Antonio adquirí a «La rosa del desierto», Adenium obesum, planta migrante como todes nosotres, originaria de África subsahariana y de la península Arábiga, que crece con soltura en esta parte del mato. La adquisición de esta planta era un sentido homenaje a mi padre, amante de estos bosques, que reposa en el jardín de Melita. Además, de ser un signo de continuidad.