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¿Colleras, panakas y tribus?

Fotografía: Un grafiti de Manaos

Perú es un país de tantos contrastes culturales que, desgraciadamente, todo se observa con las lentes del centro, a pesar que contamos con muchos centros culturales en la difícil orografía que vivimos. Sin embargo, la desfasada e interesada cartografía centralista lo obvia y lo sigue usando. Tenemos un serio defecto de fábrica que se ha perpetuado y se ha aceptado con resignación.

Para muestra un botón. Cada fin de año, los medios de comunicación urden las listas de los libros publicados en Perú (que deberían decir, aunque la capital del país para ser más exactos), y casi siempre, salvo excepciones, se refieren a los editados en Lima y, cómo no, las apostillas de estos libros son a los patas de la «collera», del grupo, de la cuadrilla limeña. Esto es irrefutable. Pruebas al canto, miremos este fin de año las listas en diferentes diarios, no echan un vistazo a lo que se produce en los balnearios y periferias. Se niega aposta al resto del país.

A los libros de escritores o escritoras, consagrados y con pergaminos, que no son de Lima y no son parte de la collera, les hacen luz de gas, apenas son comentados. Simplemente, pasan olímpicamente de ellos. Sí, es una tara endémica. Cuesta, y mucho, saltar (¿y asaltar?) el muro limeño, tapia que obvia lo que sucede a lo largo de la costa peruana, como Chiclayo, Piura, Ica, Arequipa (que está a caballo entre la costa y la sierra, y es la que más ha plantado cara a Lima), Ancash y otros centros culturales.

Pero dejemos «la cerca limeña», porque al interior de este país diverso también se repiten, reproducen y levantan esos mismos badenes del centralismo, donde se entremezclan ingredientes como el clasismo, racismo, machismo y otros más. El caso andino da paso a la conformación de panakas, como las colleras, pero con ingredientes regionales o locales. Se observa que hay diferentes panakas y lugares. Puno, Cuzco, Huancayo, Cajamarca son los principales, no digo que no haya más, que seguro existen.

En el caso amazónico, a pesar de tener una vigorosa escritura de márgenes y una gran tradicional oral (por contra, tenemos una anémica política alrededor del libro que refleja el nivel de lectura que adolece la región), infelizmente, tendemos, con poca imaginación, a remedar a las colleras, pero con ingredientes de contexto, como la conformación de clanes –hasta los que no son nativos de los barrizales hacen sus tribus. Estas no son homogéneas y son tan igual a las colleras y panakas que copian los defectos de inclusión y de exclusión del modelo del centro.

Desde estos márgenes, por tanto, urge repujar con adecuados trebejos un nuevo mapa –tendremos que desperezarnos porque el actual panorama sigue reproduciendo un modelo que engrandece al centro y desprecia a la periferia y que sigue, obcecadamente, sub- representando al Perú.

P.D. No hay que olvidar en el apéndice el archipiélago de expatriados. Eso tiene mucha miga y merece otro capítulo.

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