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Arikari: la memoria y la «dimensión del despojo»

Fotografía: Cubierta del poemario «Arikari» de Carlos Reyes Ramírez

En la introducción del libro «Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia», Gilles Deleuze y Félix Guattari nos dicen que escribir «no tiene nada que ver con significar, sino con deslindar, cartografiar, incluso futuros parajes». Bajo esta tesitura, uno de los empeños del galardonado poeta Carlos Reyes Ramírez, en sus textos de poesía, ha sido el de pespuntear mapas sobre el despojo sangriento de los recursos naturales, de las voces silenciadas en el ingente pantano, así como de abocetar el universo acuoso donde mora. La  escritura (y la reescritura) son duros trabajos de  memoria, como cuando el poeta identifica lugares (topos) que luego poetiza (logos), siguiendo la estela del ensayista Fernando Aínsa. El poema Orillas del Igaraparaná  de su poemario «Arikari» (Pakarina, 2025) es sin duda un lienzo descarnado de esas tierras de saqueo.

Reyes Ramírez, desde su poemario ganador «Mirada del búho», es muy consciente del trabajo de márgenes, que le permite ser inconformista, denunciar, ser transgresor, reformular el centro, borronear mapas…, todo ello, le da patente para difuminar los lugares comunes. Desde esos márgenes observa el mundo con calidoscopio, rompiendo el endémico mal del ostracismo, tan apoltronado en las orillas del palustre.

Una muestra de ese trabajo es «Arikari» , donde quiebra el centro desde la primera página. Arikari se convierte en el centro del mundo, es el dios de ese universo. El poemario está dividido en tres partes: Ensamblando la máquina animal, Lenguaje de los peces y Observador de peces, con las viñetas inmersivas del poeta Juan Carlos Mestre. Aquí, adrede, cambia las coordenadas, la escala y la proyección del mapa; ya no tiene el norte convencional, lo reordena –sabemos que los mapas son arbitrarios, depende mucho del quien lo repuja. Pensemos cómo África, ante los ojos europeos, ha sido configurada interesadamente más pequeña, sabiéndose que es un continente inmenso.

No es un mapa cualquiera el de Carlos Reyes Ramírez, es un mapa que traza el mundo sumergido del lecho fluvial, como en el lienzo de Paul Klee el «Mundo sumergido» o en los relatos del libro «Karuara. La gente del río. Historias sumergidas del pueblo kukama». Estamos en las profundidades de ese mundo acuoso, de ensoñación, que nos dicen las historias ribereñas, como la del bufeo colorado o cuando el poeta señala que estamos en el cosmos de un país fluvial. El poema País fluvial bosqueja ese universo que propone el dios acuático que «gira entre el flujo de fotones y partículas cósmicas». «Arikari» recoge el testigo de la fuerte tradición oral de este lado del bosque, no la desdeña, por el contrario, la metaboliza en una luciente escritura poética.

En esa creación literaria del mundo sumergido hay un importante dato a tener en cuenta, en la cuenca del Amazonas se estiman al menos 3.000 especies de peces que habitan en sus aguas, que pueden ser muchísimas más, pues todavía hay especies por descubrir. En este contexto, «Arikari» es uno de los primeros de poner la pica en el fondo de ese orbe fluvial.

Al sumergirse en las profundas aguas y los siluros de «Arikari», contenga la respiración y buceé, donde también se hace memoria.

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